A mediados del siglo XI, España estaba dividida entre el bando cristiano, al norte, y los reinos musulmanes en el sur y este de la península.
Tras la muerte del rey Sancho, Rodrigo Díaz de Vivar “El Cid” siguió al servicio del rey Alfonso VI, con el que mantuvo una relación complicada que le costó el destierro.
Brillante estratega, viendo los continuos enfrentamientos que mantenían los distintos reinos cristianos y musulmanes, El Cid y sus mesnadas acabarían luchando como mercenarios, para uno u otro bando, en función de las circunstancias.