Libro de ensayo encuadernado en rústica de 192 páginas interiores en blanco y negro más cubiertas con solapas que contiene una biografía de Rosalía vivida y contada por dos vecinos periodistas que se lanzan a la caza de la artista más grande del momento en el mundo entero. Volumen único.
Yeray S. Iborra y Oriol Rodríguez, periodistas ambos consagrados al muy grato oficio de dar noticia de cuanto se cuece en el universo de la cultura popular y, pasión obliga, ávidos profanadores de toda suerte de curiosidades biográficas y artísticas, emprenden en Buscando a Rosalía un road trip de no-ficción para dar cuenta de las epifanías, y también los no pocos sinsabores, que jalonan la búsqueda de esta simpar estrella mundial de la música, la moda y la estética concertística —si bien amparándose en una sola concesión a la ficción para hermanarse ambos en la figura de un narrador omnisciente que se nutre de las andanzas y vivencias de ambos—. El fruto de esa licencia es un relato que se adentra como ningún otro en la compleja, y a menudo enigmática, trayectoria de una artista de la que apenas hay bibliografía. Y es nada que escapa a la portentosa indagación de nuestros intrépidos plumillas en todo lo que concierne a su carrera artística. Entrelazando toda suerte de testimonios —inéditos, cercanos, insospechados, inconfesables, etc.— regresan a los lugares de los hechos referidos y, tras tropezar con no pocos noes por el camino, se aprestan a bucear en su infancia, su juventud, su pueblo, su discografía, sus colaboraciones y su épico desembarco en la industria americana del showbiz. «Conocí a Rosalía cuando apenas era una veinteañera que vestía bambas blancas de plataforma y tomaba café pasado el mediodía (como solo los veinteañeros pueden hacer). Todavía no era La Rosalía, ni mucho menos la Motomami o la Santa. Los dos éramos del Baixllo, compartíamos generación y pasión por las motos. Su disco debut, Los Ángeles, se acababa de publicar y, como periodista, tuve que convencer a mis editores para entrevistarla. Era una desconocida. Hablé con ella por WhatsApp, por Twitter, y, finalmente, cara a cara. Y seguí con pasión su carrera. Hasta que se esfumó. Y fui yo quien pasó a ser un desconocido…». Con este arrebato de nostálgica sinceridad, se nos conmina a zambullirnos en los prolegómenos de lo que devendrá una apasionada búsqueda que, a su vez, tórnase en pretexto infalible para dar cuenta de la vida y andanzas de una artista sin parangón en el panteón cultural contemporáneo.